La Vecina del 3E
Un cuento sobre los venezolanos y sus vecinos
En el apartamento 3E del edificio América, vivía una mujer de belleza y espíritu indiscutible. Cada mañana adornaba su apartamento con ese olor tibio de arepas recién hechas, mezclado con el café recién colado, y el ir y venir de vecinos buscando conversación y refugio en la dulce y musical voz de esta linda mujer. Era común escuchar música, y los fines de semana bastaba una excusa mínima para que se armara una fiesta. Desde afuera, desde otros pisos y otros edificios, muchos miraban con admiración (y con deseo) a la linda Venezuela.
Nunca faltaron pretendientes. Su belleza siempre fue un comentario persistente en las escaleras, patios y zonas comunes del edificio. Fueron muchos los hombres que tocaron su puerta con flores, discursos bien ensayados y ropa recién planchada. Algunos le ofrecían estabilidad, otros la hacían reír, otros la llenaban de halagos. Hubo quien incluso le juró que convertiría su casa en un símbolo admirado por todos, pero ninguno supo escucharla de verdad. Ninguno entendió lo que ella callaba. Y ninguno, por más elocuente que fuera, logró hablarle al alma.
Porque, aunque desde afuera todo parecía ordenado, ella arrastraba una incomodidad antigua. A veces sentía que su apartamento era hermoso, sí, pero que otros se beneficiaban más de él que ella misma. Que trabajaba, que daba, que abría la puerta, pero el 3E no progresaba lo suficiente, siempre quedaba algo pendiente, algo injusto, algo que no terminaba de encajar. Una sensación persistente de no ocupar el lugar que merecía, y como suele pasar con las mujeres admiradas desde lejos, pocos conocían ese cansancio. Sin embargo, ella seguía adelante. Elegante, cálida, con una alegría algo ingenua, esperaba que algún día llegara un amor que no solo la deseara, sino que también supiera cuidarla.
Y el día llegó cuando llego él.
Fue hace unos veinticinco años cuando esta mujer recibió el más peculiar de los flechazos. Hugo, de voz áspera y mirada intensa, no llegó con flores ni con modales pulidos como los del pasado, sino que se sentó a su lado y le habló en un idioma que ni ella sabía que existía. Nombró su cansancio, señaló sus heridas (hasta las que ella no reconocía), le reforzó que no estaba loca, que no exageraba, que lo que sentía tenía sentido. Le prometió que su voz y belleza finalmente tendrían el lugar digno que merecían.
Ella se imaginó entonces una vida sin pedir permiso para existir. Libre de cadenas visibles e invisibles. Dueña, por fin del futuro de su hogar, de su cuerpo, de sus decisiones. Finalmente emancipada, soberana de su cama, cocina, sala, y de su historia. Y ella, perdida en ese discurso que por fin parecía entenderla, le creyó. Le dio un voto de confianza, lo invitó a vivir juntos y le entregó a este hombre un juego de llaves del apartamento 3E.
Con los años, Hugo empezó a mostrar otra cara. Peculiares detalles y comentarios sueltos lanzados como quien no quiere herir: “Eso que dijiste suena egoísta.” “Recuerda que yo sí sé lo que te conviene.” Al principio, ella dudó de sí misma. Tal vez había exagerado. Tal vez había hablado de más. Quizás él tenía razón y ella no estaba viendo el cuadro completo. Así empieza casi siempre estas historias, con la erosión lenta de la certeza.
Luego llegaron los castigos. Primero sutiles como una visita cancelada sin explicación, una puerta cerrada con seguro, una llamada que ya no entraba. Luego llegaron insultos que la dejaban temblando, silencios largos como pasillos vacíos, amenazas envueltas en frases ambiguas. Le quitó los libros que ella disfrutaba porque, según él, la confundían. Le escondió los discos, las cartas viejas, las fotos de su infancia. Le prohibió ver ciertos canales de televisión. “Porque eso te hace daño”, decía Hugo.
Y ella, confundida, empezó a creerle. Pero la relación empeoró.
Un día le prohibió salir. Otro día cerró el grifo del agua. Después apagó la luz y le explicó que no era culpa suya, que otros edificios estaban acaparando demasiado, que el mundo entero conspiraba contra ellos. Ella se quejó con él, pero Hugo insistía en que sus quejas eran innecesarias, que hablaba y cuestionaba en lugar de agradecer. Cada intento de reclamo venía acompañado de esa mirada que ya conocía bien y de frases que sonaban siempre iguales: “Tú no entiendes.” “Esto es por tu bien.”
Ella seguía aferrada a la promesa inicial de la relación, pero cada vez se parecía más al eco de un sueño roto. Sentía cómo se encogía dentro de su propio apartamento, cómo las paredes parecían cerrarse un poco más cada día. Esperaba, en silencio, que algún descuido de él le permitiera volver a abrir las ventanas. Respirar. Recordarse quién había sido ella antes de aprender a pedir permiso para todo.
Al principio, ella no gritó. Nadie grita cuando todavía cree que puede arreglar las cosas hablando. Ella empezó con comentarios bajos, casi vergonzosos, en los pasillos. Le decía a la vecina del 3C que algo no andaba bien, que Hugo había cambiado, que últimamente revisaba sus mensajes, que se molestaba si ella abría las ventanas o recibía visitas sin avisar. “Debe ser estrés”, le respondían. “Todas las relaciones pasan por etapas”, decía otro vecino del edificio América mientras cerraba la puerta con cuidado.
Como las grietas en los edificios viejos que parecen invisibles y luego inevitables, la violencia no llegó de una sola vez. Primero vino un empujón que se justificaba con un “tuve un mal día”. Después golpes sobre la mesa que hacían temblar los platos. Fue entonces cuando empezó a traer gente a la casa.
Al principio eran amigos “de confianza”. Hombres de acento duro, que hablaban poco y observaban demasiado. Uno olía a habano con ron, otros a vodka y eneldo. Eran sus amigos y él tenía derecho, pero no podía dejar de extrañarle como se movían por el apartamento como si también fuera suyo. Hugo los sentaba en la sala, abría botellas y les hablaba de negocios, de protección, de lealtad. A veces ella protestaba, decía que no quería recibirlos, que no se sentía segura, que aquello no era amor ni protección. Él la callaba. Le decía que exageraba, que era por su propio bien, que sin esos hombres ella no sobreviviría. Y mientras tanto, los invitados se llevaban pedazos de ella: sus joyas, sus recuerdos, su dignidad. Venezuela empezó a sentirse ajena en su propio hogar, como si su casa ya no le perteneciera, como si su esencia hubiese pasado a ser moneda de cambio en un acuerdo que jamás firmó.
Fue entonces cuando volvió a hablar con los vecinos. “Esto está raro”, decía. “Esto no era así antes.” Algunos asentían. Otros evitaban mirarla a los ojos. Desde el 5A alguien le dijo que resistiera. Desde el 2C alguien escribió un boletín y lo publicó en el corcho del lobby del edificio. Desde el 4D le mandaron un abrazo de apoyo, pero nadie tocaba el timbre.
Con el tiempo, Venezuela empezó a notar algo que le revolvía el estómago: los mismos vecinos que le decían que lo sentían, que algo estaba mal, seguían yendo a las parrillas de Hugo. Seguían sentándose con él en el club del edificio. Seguían aceptando regalos. Un vino caro. Un descuento. Una invitación exclusiva. A veces, hasta veía que Hugo le regalaba a ellos cosas que le pertenecían a ella, y los vecinos, que sabían de dónde venían esas cosas, las aceptaban con gusto.
En las reuniones del condominio, algunos decidieron levantar la voz en nombre de ella, pero con cuidado. “No está bien lo que haces”, decían, mirando más al piso que al propio Hugo. Pero luego votaban a su favor. O se abstenían de ir en su contra. Hasta se aseguraban de hablar bien de él en los otros edificios, como el edificio Europa. En todos los clubes, Hugo seguía siendo bienvenido.
Mientras tanto, la violencia ya no se escondía. Llegaron los golpes. Llegaron las noches sin dormir. Llegaron los días sin comida. Cuando ella intentaba escapar al pasillo, Hugo la arrastraba de vuelta. Cuando pedía ayuda más fuerte, él la castigaba. “Mira lo que me obligas a hacer”, le decía después.
Y entonces cruzó una frontera definitiva.
Hugo invitó un día a sus amigos al apartamento y los dejó entrar al cuarto principal. Ella los vio desde su cama confundida, y más aún cuando Hugo se apartó a la sala y cerró la puerta del cuarto con llave. Sus amigos encendieron un cigarro, se bajaron los pantalones y después bajaron los de ella. Sólo en el apartamento 3E se escucharon los gritos.
Traumada e insegura de lo que había vivido buscaba claridad en los vecinos, pero todos aseguraban que habían límites, que cada relación es su propio mundo, que no podían esperar que se involucraran en su vida, que no se podía hacer nada apresurado. Que peor sería intervenir. Que todo debía resolverse “entre ellos”.
Fue ahí cuando la mujer entendió, con una claridad dolorosa, que no estaba rodeada de vecinos indiferentes, eso sería buena noticia, sino que estaba rodeada de vecinos que habían elegido, y no la habían elegido a ella.
Los vecinos no eran ingenuos. Escuchaban los acentos nuevos atravesar las paredes del edificio. “Ese tipo ruso siempre huele a gasolina”, “¿Viste al chino bajando con cajas que no eran de él?”. Pero luego Hugo los invitaba a una parrilla en la terraza común, sacaba carne cara, whisky importado, regalos envueltos con moño, y la incomodidad se diluía entre risas y vasos llenos.
El edificio entero sabía que algo estaba mal. Pero también sabían que Hugo invitaba bien y resolvía rápido. Y eso, para muchos, fue suficiente.
Para entonces, Venezuela ya no veía salidas. Había aprendido a medir el día en función del humor de Hugo. A hablar poco. A moverse despacio. A no preguntar. A no recordar en voz alta cómo había sido antes su casa. Cada gesto era una apuesta, cada palabra podía convertirse en castigo. Y aun así, en las noches, cuando el edificio dormía, ella se sentaba en el suelo del apartamento, con la espalda apoyada en la pared, y pensaba que quizás ese era su destino: aguantar, resistir, sobrevivir lo suficiente como para no desaparecer del todo.
Y luego, sin anuncio, sin justicia poética, y sin explicación clara, Hugo murió.
De pronto el apartamento quedó en silencio. Un silencio raro, pesado, casi ofensivo. Venezuela no supo si llorar, agradecer o desconfiar. Había pasado tanto tiempo sobreviviendo a su presencia que su ausencia se sentía irreal, como si en cualquier momento fuera a volver a abrir la puerta. Los vecinos reaccionaron con cautela. Algunos dijeron que era una tragedia. Otros guardaron silencio. Unos cuantos bajaron la voz y se preguntaron qué pasaría ahora con los negocios, con los acuerdos, con las fiestas, con el dinero del condominio que Hugo aportaba. Nadie fue a abrazarla. Nadie le preguntó cómo estaba. Hugo había muerto, sí, pero el sistema que había construido seguía intacto, respirando en los pasillos.
Y entonces apareció Nico. Su hermano de sangre se quedó en la casa. Sin que nadie lo eligiera, cambió las cerraduras y siguió el mismo patrón. Este tenía menos carisma pero la suplantaba con su agresividad. Y aquí vino lo peor para esta mujer.
Los gritos de Venezuela se escuchaban por todo el edificio. “¡Ayuda! ¡Me están matando!” gritaba desde adentro. Intentaba salir para buscar una caja de arroz y medicinas, pero Nicolás se lo impidió. Cuando ella se hartó e intentó alzar la voz, y vinieron torturas, golpes, la empujaron al suelo, la lanzaban por las escaleras. Le decían “no grites tanto”. La mujer sangraba, lloraba, pedía una salida. Pero los demás, en el mejor de los casos, la escuchaban con distancia. En el peor, la culpaban.
Y sin embargo, la vida en el edificio continuaba. Nico seguía bajando al lobby, participando en reuniones, haciendo negocios con los administradores. “Condenamos toda violencia”, decían, mientras Nicolás les regalaba mejores contratos de gas para el edificio. Todo esto continuo por más de una década. Hasta que un día, bajó Donald.
Nadie lo quería mucho en la cuadra, él vivía en el penthouse de un edificio un par de cuadras al norte, tenía fama de maleducado, narcisista. Pero entró, fue el único. Tocó la puerta del 3E, la tumbó de una patada, llevo a Nico a las autoridades. “No lo hago por ti”, le dijo claramente a la mujer y sin suavidad agrego “Lo hago porque me gustan tus muebles, tus recursos, tu vista.”
Venezuela, débil, temblorosa, sin fuerzas para discutir, solo asintió. Por primera vez en años, podía ver una salida. Pero entonces comenzaron los gritos. Pero no de ella, de los vecinos.
“¡No puede ser que Donald se meta así!” gritaban desde el 5B. “¡Eso es ilegal!” reclamaban desde el 6A, aunque días antes había estado bebiendo con Nico.
Ella los escuchaba. Todo eso podía ser cierto, y también le preocupaba este nuevo futuro con Donald, pero no lograba entender por qué aquellos que no movieron un dedo durante años ahora opinaban sobre cómo debía ser su liberación. “¿No es peor ese tipo?”, le preguntaban. “¿No preferías resolver esto sola?” Pero sola estuvo veinticinco años. Gritando. Pidiendo. Llorando. Y nadie entró.
Quizás Donald sea un bastardo, pero fue el único que abrió la puerta.
Ahora, por primera vez, el apartamento 3E tiene esperanza de que huela de nuevo a café. No es libre, pero las luces parpadean, suena algo de música. Faltan mucho todavía para volver al inicio de su historia, pero por primera vez en mucho tiempo, la mujer se ve al espejo y se reconoce, está golpeada, pero sigue viva.
Mientras barre los escombros del suelo y escucha el ruido del escándalo del edificio, no puede evitar pensar que si alguna vez otra mujer, en otro apartamento, grita por ayuda, ella no se quedará callada. Y al cruzarse con sus queridos vecinos, entiende algo que le duele casi tanto como las heridas: no todos los que están cerca son realmente mis amigos.


Ante estas palabras, creo que no me corresponde más que callar y respetar el sentir de cada venezolano.
Como cubana, lamento profundamente el olor a habano con ron. Se me estruja el pecho y siento vergüenza.
Frente a los veinticinco años que encierran estas pocas líneas, celebro que Venezuela pueda, finalmente, añadir otro capítulo a esta historia y, quizás, comenzar a reescribirse.
A cada venezolano que pueda leer estas líneas, mi más profundo respeto.
Muy buen texto. Triste, pero totalmente cierto. Solo agregaría que esos vecinos ahora temen que Donald entre a sus apartamentos, porque tiene la llave del edificio donde vive Venezuela.
Esos mismos vecinos que pudieron haber llamado a las autoridades hoy culpan a Venezuela, diciendo que ella fue quien le dio las llaves a Donald. Cuando era tan sencillo haber hecho algo antes: así habrían liberado a Venezuela y Donald seguiría en su penthouse.